Sarah Grilo nació en Buenos Aires en 1919, estudió pintura en el
estudio de Vicente Puig, un catalán instalado en Argentina. Su
primera exposición individual la presentó en Madrid, en 1949, en
la Galería Palma. Las pinturas, aún figurativas, poseían ciertos
rasgos cubistas; abundaban los paisajes, los bodegones y las
figuras. Pocos años más tarde, derivó hacia una versión sensible y
cromática de la abstracción geométrica.

El crítico Aldo Pellegrini la invitó en 1952 para que se integrara a
un colectivo de artistas no figurativos (según la denominación de
la época) junto con Claudio Girola, Enio Iommi, Alfredo Hlito,
Tomás Maldonado, Lidy Prati, José Antonio Fernández-Muro,
Miguel Ocampo y Hans Aebi. Con el nombre Artistas Modernos de
la Argentina se presentaron por primera vez, en junio del mismo
año, en la Galería Viau. El texto del catálogo, firmado por
Pellegrini, mostraba el entusiasmo de la época por el formalismo
o por los "valores visuales".

Luego de varias exposiciones en el país, el grupo se presentó, en
1954, en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro y en el
Stedelijk Museum de Ámsterdam. Un año después, con la partida
al exterior de varios de sus integrantes, finalizó sus actividades.

En 1956, Grilo participó en la Bienal Internacional de Venecia. No
mucho después, junto con José Antonio Fernández-Muro (su
marido desde 1945), se instaló en París, donde asistió al
seminario de Pierre Francastel. Regresó a Buenos Aires y en 1961
participó en el Premio Fundación Torcuato Di Tella, cuya segunda
edición se exhibió en el Museo Nacional de Bellas Artes. Poco
más tarde, con la beca de la John Simon Guggenheim
Foundation, se estableció en Nueva York. En este período expuso
en Washington (Obelisk Gallery) y en Nueva York (Bianchini
Gallery y Byron Gallery). En 1968, obtuvo el Premio Adquisición
de la I Bienal Iberoamericana de Pintura de Medellín, Colombia.

Grilo se radicó con su marido y sus hijos en España en 1970. Dos
años más tarde se presentó en la Galería Juana Mordó, de Madrid;
la transformación de su estética era notoria. En Nueva York había
comenzado una serie con la que abandonaba, según sus
palabras, "el puro arreglo «formal-cromático-matérico» totalmente
abstracto". Se apropiaba de los graffiti que abundaban en los
muros de la ciudad, de las letras tipográficas de los afiches
desgarrados, de números y otros trazados espontáneos. Todo en
aparente desorden, sobreimpreso, pero siempre con un tono
evidentemente refinado. Según Jorge Romero Brest, esta pintura
era un desvío "hacia una especie de impresionismo neorrealista
con formas ambientales de referencia urbana". Después de 15
años de ausencia, Grilo expuso sus graffiti en Buenos Aires, en la
galería Art, en 1978.

La nota de LA NACION que daba cuenta de la muestra finalizaba
con la afirmación de que su regreso se había convertido "en un
verdadero acontecimiento para nuestra pintura". El legado de los
artistas más importantes de nuestro tiempo.
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